La jugada ganadora:
lo que el ajedrez nos enseña sobre la vida, la estrategia y el coaching

A menudo se considera que el ajedrez es una forma excelente de desarrollar el pensamiento estratégico: fijar un objetivo, idear un plan para alcanzarlo, anticipar los movimientos y contraataques del adversario, evaluar los recursos disponibles y adaptar continuamente la estrategia a medida que evoluciona la situación.
Todo eso está muy bien, salvo que tiene relativamente poco que ver con la vida real.
El ajedrez es lo que llamamos un juego de información perfecta: las reglas son claras y se aplican por igual a todos, el objetivo está perfectamente definido, el enemigo es fácil de identificar, nadie puede hacer trampa y, sobre todo, en cualquier momento dado podemos ver la posición exacta de cada pieza en el tablero.
En la vida real, sin embargo, las reglas suelen ser poco claras y, aunque no lo sean, no todo el mundo las sigue; los objetivos cambian constantemente, distinguir entre amigos y enemigos no siempre es fácil, la información es incompleta o directamente falsa, y hay un número asombroso de factores que escapan por completo a nuestro control. No es de extrañar que, tanto en la guerra como en los negocios, uno de los mayores retos sea simplemente averiguar qué demonios está pasando.
Imagina que estás jugando en un enorme tablero de ajedrez del que solo puedes ver una pequeña esquina, con piezas de las que ni siquiera sabes si son blancas o negras, mientras de repente aparece una torre de la nada y captura a tu reina moviéndose en diagonal, y justo cuando por fin has ideado una estrategia decente, llega alguien, da un golpe con la mano sobre el tablero y esparce todas las piezas.
Eso, diría yo, es una representación bastante realista de la vida cotidiana.
No obstante, creo que el ajedrez puede enseñarnos al menos dos lecciones extremadamente valiosas, aunque no sean necesariamente las que encontrarás en los libros de estrategia.
Lección uno: No tienes excusas
Cuando las cosas salen mal, ya sea en los negocios, en el deporte o en nuestra vida personal, tenemos a nuestra disposición un repertorio casi inagotable de excusas: mala suerte, condiciones iniciales desfavorables, recursos insuficientes, competencia desleal, aliados que nos han traicionado, información engañosa y, por supuesto, esa colección aparentemente interminable de idiotas cuyo único propósito en la vida parece ser complicarnos la nuestra.
Y, fíjate bien, muchas de estas excusas pueden ser perfectamente legítimas.
En el ajedrez, sin embargo, las cosas son considerablemente más sencillas: en igualdad de condiciones, si tu rival te gana sistemáticamente, significa que es mejor que tú. Y punto. No puedes acusar a tu torre de traicionarte ni quejarte de que tu caballo no estuviera especialmente motivado ese día; si quieres mejores resultados, tienes que convertirte en un mejor jugador, estudiando, practicando y aprendiendo de tus errores.
Lección dos: La jugada ganadora puede que ya esté ahí
La mayoría de nosotros jugamos al ajedrez a nivel aficionado, normalmente contra rivales de habilidad más o menos similar: a veces ganamos, a veces perdemos y, con bastante frecuencia, nos encontramos en situaciones que parecen totalmente desesperadas, en las que ya no vemos ninguna salida posible.
Sin embargo, en muchos de estos casos, un gran maestro que ocupara nuestro lugar probablemente identificaría posibilidades que ni siquiera habíamos considerado, lo que tal vez daría un giro completo a toda la partida.
Lo cual nos lleva a una conclusión bastante importante: el hecho de que no podamos ver una solución no significa que no exista.
Y aquí es donde volvemos a la vida real.
¿Cuántas veces hemos achacado nuestros fracasos a circunstancias externas, cuando al menos parte del problema era simplemente nuestra propia incompetencia, pereza, falta de iniciativa o una serie de malas decisiones que preferíamos no cuestionar?
¿Y cuántas veces nos hemos encontrado ante un problema aparentemente irresoluble, sin tener en cuenta que otra persona, con exactamente los mismos recursos y en condiciones idénticas, podría haber encontrado un enfoque que ni siquiera se nos había pasado por la cabeza?
¿Qué haría un gran maestro en tu lugar?
En mis seminarios, suelo proponer un pequeño experimento.
Elige una situación concreta a la que te enfrentes, define con la mayor precisión posible el objetivo que quieres alcanzar y los recursos de los que dispones, y luego pregúntate: ¿qué haría un gran maestro en mi lugar?
Por supuesto, dado que estamos jugando con nuestra imaginación, eres libre de elegir a quien quieras: Elon Musk, Lee Iacocca, Napoleón, Henry Ford, Jesucristo o quizá alguien que conozcas personalmente y cuyas habilidades admires especialmente. Lo importante no es que el personaje que elijas sea un modelo de virtud, sino que represente una forma de pensar y actuar diferente a la tuya.
Los resultados suelen ser sorprendentes, porque el simple hecho de intentar ver un problema a través de los ojos de otra persona nos permite identificar posibilidades que antes habíamos pasado por alto por completo.
Naturalmente, no hay garantía de que encuentres una solución, ni de que seas capaz de hacer lo que haría tu hipotético gran maestro, ya que probablemente no poseas sus habilidades, información o experiencia; pero el simple hecho de ampliar el abanico de alternativas que puedes imaginar puede cambiar radicalmente tu forma de abordar la situación.
Al fin y al cabo, es algo que hacemos constantemente cuando aconsejamos a otras personas: al observar un problema desde fuera, sin quedarnos atrapados por los hábitos, las emociones y las convicciones de quien lo vive, a menudo podemos ver soluciones que a esa persona le parecen totalmente inconcebibles.
El coaching, la libertad de elección y los límites de nuestra perspectiva
Porque, en última instancia, por mucho que nos guste hablar del libre albedrío y la libertad de elección, solo podemos elegir entre las alternativas que somos capaces de ver.
(Por cierto, este es precisamente uno de los objetivos fundamentales del coaching: ayudar a las personas a descubrir posibilidades que antes no podían ver.)
Así pues, antes de declarar que una situación es desesperada, quizá valga la pena preguntarnos si realmente hemos agotado todas las posibilidades, o si simplemente estamos jugando a un juego que resulta demasiado difícil para nuestro nivel actual de competencia.
Prueba este pequeño experimento: quizá la jugada ganadora haya estado ahí en el tablero todo el tiempo, y simplemente no te habías dado cuenta.
by Bruno

