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El miedo: el enemigo invisible detrás de cada limitación

-¿Te da miedo volar?
-¿Te da miedo envejecer?
-¿O la pobreza?
-¿O la enfermedad?
-¿O del desempleo?
-¿Te da miedo tomar decisiones?
-¿Defender tus derechos?
-¿Tienes algún otro miedo concreto?
-¿O los tienes todos?

Pero, ¿qué es exactamente el miedo? ¿Es algo a lo que nos vemos obligados a someternos? ¿Es algo de lo que debemos huir a toda costa, o es algo que podemos utilizar en nuestro beneficio?

¿Qué es el miedo, en realidad?

Hace algún tiempo escribí en las páginas de esta revista que, en el camino hacia el éxito, en realidad solo nos encontramos con dos obstáculos reales: el miedo y la pereza. Pero dado que la pereza no es más que el miedo a ponerse a trabajar, queda claro que el miedo, en todas sus formas, es el único verdadero enemigo de nuestros sueños de éxito. Propongo que intentemos aprender un poco más sobre este enemigo, para ver si es posible aniquilarlo.
Montesquieu dijo que las cosas más obvias son las más difíciles de definir. En este caso, todo el mundo sabe lo que es el miedo; todos lo hemos sentido y, sin embargo, nos resulta muy difícil dar una definición precisa (de hecho, esta es una parte esencial del problema: es difícil enfrentarse a algo que no se conoce con precisión). Hagamos un pequeño análisis para intentar aclarar nuestras ideas.

Los tres niveles del miedo

En primer lugar, es fácil ver que hay al menos tres niveles, tres «niveles» de miedo.

En el primer nivel, nos encontramos con miedos comunes relacionados con un problema específico: el miedo a hablar en público, el miedo a las enfermedades o los accidentes, el miedo a ser atacado, etc. Cada uno de nosotros tiene miedos específicos, que suelen estar vinculados a la experiencia personal. Sin embargo, si los analizamos con paciencia, descubriremos que, a pesar de su variedad, estos miedos pueden clasificarse en unas pocas «categorías» principales.

Esto nos lleva a los miedos de segundo nivel, que, más allá de los detalles de ciertas situaciones, se vinculan a un estado mental concreto. En este nivel «residen», entre otros: el miedo al rechazo, a la quiebra, a la desaprobación, a la soledad, etc.
Obviamente, estos miedos de segundo nivel tienden a tener una naturaleza integradora, abarcando diversas situaciones con las que nos encontramos a diario. El rechazo, por ejemplo, es un miedo independiente de la forma en que se manifiesta o se expresa, y enfrentarnos a él puede provocar un condicionamiento que nos influirá durante largos periodos de nuestras vidas.

La cúspide de la «pirámide» del miedo, el miedo de «Nivel III», está representada, por extraño que parezca, por una única ansiedad: el miedo a no tener éxito —el miedo al fracaso, a no ser capaz de hacer frente a las circunstancias—.
¿Te sorprende? Reflexiona detenidamente y descubrirás que en la raíz de todo miedo yace la convicción de que no seremos capaces de afrontar lo que la realidad nos pone ante nosotros.

En otras palabras, el miedo no existe «en sí mismo», sino solo en relación con una situación específica. Además, no se refiere al momento presente, sino solo al futuro (futuro en el sentido de 10 minutos o 10 años; no importa). Cuando algo que temíamos ocurre realmente, ya no luchamos contra el miedo, sino contra el problema que debemos resolver, que es algo totalmente diferente.

El miedo y el futuro

El miedo es, por lo tanto, una imagen mental que nos formamos de un acontecimiento que puede ocurrir en el futuro, una imagen basada en la idea de que, cuando ese acontecimiento ocurra, no seremos capaces de afrontarlo.
Entremos en un poco más de detalle:

– el miedo al desempleo se basa en la imagen mental de que, si perdiera mi trabajo, no sería capaz de manejar la situación;

– el miedo a la enfermedad se basa en la imagen de que, si me enfermara, no sabría cómo afrontarlo;

– el miedo a la soledad se basa en la imagen de que, si me quedara solo, no sabría qué hacer.

Por lo tanto, vale la pena preguntarnos: si supiéramos cómo abordar estos problemas, ¿por qué seguiríamos teniendo miedo? La respuesta es obvia: de nada.
Por lo tanto, el miedo no es más que nuestra creencia de que carecemos de respuestas efectivas a un determinado problema, a una situación concreta a la que aún no nos hemos enfrentado. Sigamos explorando otros aspectos de esta verdad.

Por qué el miedo nunca desaparece del todo

En primer lugar, debemos evitar caer en la ambigüedad: probablemente te hayas preguntado si no sería mejor encontrar un sistema mediante el cual pudiéramos deshacernos del miedo de una vez por todas.
Error: aparte del hecho de que el miedo es un sentimiento natural y saludable que nos obliga a prestar atención a lo que hacemos y, por lo tanto, nos permite protegernos, debemos reconocer algunos principios:

Mientras seamos capaces de crecer, el miedo siempre estará presente.
La única forma de eliminar el sentimiento de miedo es limitarnos a los ámbitos que ya conocemos, lo que equivale a condenarnos a la «muerte» intelectual y espiritual. Independientemente de la experiencia y las habilidades que adquiramos, cada vez que queramos abordar un ámbito que nos es desconocido, sentiremos miedo. Solo cuando ese ámbito se convierta en parte de nuestra experiencia desaparecerá ese miedo específico.

Esto nos lleva a un segundo principio.
La acción es una condición absolutamente necesaria para superar el miedo. Este es el camino a través del cual podemos garantizar nuestro desarrollo personal. Cualquier persona a la que admires por su valentía podría confirmar que se enfrentó al miedo, pero decidió combatirlo pasando a la acción.

Esto nos lleva al tercer principio.
Enfrentarnos a una situación que nos da miedo es mucho menos aterrador que vivir con un miedo oculto que puede «socavar» nuestra confianza en nuestras propias capacidades. Cuanto más limitamos nuestra existencia para «evitar los miedos», más disminuye nuestra autoestima. Este es el clásico ejemplo del avestruz que esconde la cabeza bajo la arena.
La ironía radica en el hecho de que, al negarnos a afrontar un determinado problema, evitamos exponernos al estrés y a un desgaste emocional mucho mayor del que requeriría la acción concreta en sí misma…

Una reflexión final

Hace unas semanas, me topé con una noticia en Internet que me llamó la atención: en un barrio de Los Ángeles hay un club para personas con sida que, al darse cuenta de que están prácticamente condenadas a muerte, han llegado a comprender que no tienen nada que perder y, como resultado, se dedican a actividades que nunca se habrían atrevido a emprender «antes»: paracaidismo, escalada, carreras de coches, etc.
Esto me llevó a pensar que, en última instancia, cada uno de nosotros (nos guste o no la idea) está «condenado a muerte». Me pareció interesante y profundamente conmovedor que solo cuando tomamos conciencia de la inevitabilidad de la muerte tenemos la mayor oportunidad de vivir una vida más intensa y significativa, rompiendo las barreras que nuestros miedos han creado para nosotros.
Me vino a la mente un antiguo dicho samurái: «Cuando estés en la batalla, recuerda que morirás de todos modos».

El coste oculto de la seguridad

¿Qué quería decir realmente con estas líneas? El miedo es, hasta cierto punto, una emoción saludable que nos obliga a tomarnos en serio las consecuencias de nuestras acciones, pero puede convertirse muy fácilmente en una trampa que limite nuestra existencia, impidiéndonos avanzar hacia nuestros objetivos y agotando innecesariamente nuestra energía en una «batalla contra fantasmas».

Si somos capaces de aceptar el hecho de que lo único sobre lo que no tenemos poder es la muerte, nos resultará mucho más fácil comprender que, de hecho, somos capaces de afrontar cualquier cosa que nos pueda suceder.
Un viejo proverbio dice: «¡Dios, no le des al rumano más de lo que puede soportar!». Creo que estas palabras pueden interpretarse de otras formas además de la fatalista.

¿Qué ganamos al conservar el miedo?

¿Qué tal si nos preguntamos de vez en cuando: qué gano si, en lugar de enfrentarme a él, elijo «conservar» mi miedo?

¡Puedes encontrar la respuesta ACTUANDO!

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