La dificultad de ser tu propio jefe

A veces, escribir un artículo para una revista resulta ser todo un reto: o bien no se te ocurre nada interesante, o bien tienes demasiadas ideas, o no encuentras la mejor manera de plasmarlas en el papel, y así sucesivamente. Esta vez, por ejemplo, hace una semana que intento ponerme manos a la obra, sin éxito: primero fue el partido Italia-Francia, y ya sabes cómo es, no te lo puedes perder, y encima tienes que prepararte mentalmente para verlo como es debido; luego me llevó dos días superar la decepción de la derrota de Italia en el Mundial. Después llegó el calor y no me apetecía escribir nada; y una tarde, cuando hacía un poco más de fresco, quería escribir, pero empezaron a dar una película muy buena en ProTV y… dejémoslo para mañana. Luego tuve que ir a la Oficina de Pasaportes, otra vez vinieron unos amigos, otra vez los niños estaban haciendo ruido…
Por fin, solo ahora, una semana después de la fecha en que se suponía que debía entregar el artículo a la redacción, quizá consiga terminarlo.
Por supuesto, el jefe de redacción me llamaba todos los días: «Bruno, ¿cómo va el artículo?». Y yo respondía: «Eh, he estado muy ocupado con un asunto extremadamente importante y delicado, pero prometo que lo enviaré mañana».
No pude evitar pensar que, afortunadamente, mi relación con el equipo editorial se basa en la amistad y la gente tolera este tipo de comportamiento con paciencia, porque si hubiera sido un editor cualquiera, me habrían despedido sin más (¡y con razón!).
Por qué nuestras excusas siempre suenan razonables
Esta situación que he descrito anteriormente me hizo pensar: no sé hasta qué punto mis excusas sobre el «trabajo importante y delicado» resultaban creíbles, pero una cosa es segura: sé que, de hecho, se trataba de cosas triviales —fútbol, películas, amigos— y, sin embargo, cuando se las conté, todas parecían razones muy convincentes para posponer las cosas para otro momento.
Me imaginé a uno de mis empleados viniendo a decirme: « Lo siento, pero no pude hacer mi trabajo porque estaba enfadado por el partido» (?!?) o «Me hubiera gustado terminar la tarea, pero ponían una película muy buena en la tele y…» (?!?!?) o «Sé que se suponía que tenía que ocuparme de tal y tal, pero hacía tanto calor que simplemente no me apetecía» (?!?!? !?) y así sucesivamente.
El doble rasero que nos aplicamos a nosotros mismos
¿Lo habría aceptado? Por supuesto que no. De hecho, si alguien viniera a mí con excusas como esas, pensaría que se ha vuelto loco o que se está burlando de mí, de lo ridículas que son.
Aun así, el hecho es que, en ese momento, todas esas razones me parecieron lo suficientemente convincentes.
Como resultado, me hice una pregunta: ¿cómo es posible que las excusas que ningún jefe (yo incluido) aceptaría de un empleado me parezcan tan buenas cuando provienen de mí?
Es una pregunta tan buena —tan estrechamente ligada al éxito o al fracaso en los negocios— que te la planteo ahora mismo: ¿cuántas veces has justificado tus acciones (o tu falta de ellas) con razones que no aceptarías de nadie más?
Para algunos, lo mejor de ser emprendedor —ya sea a pequeña o a gran escala— es precisamente el hecho de que no tienes un jefe ante el que rendir cuentas por lo que haces y lo que no haces. Puedes organizar tu tiempo como quieras, tienes el control de tus acciones, tomas las decisiones que deseas, en el momento que más te conviene, puedes quedarte en la cama o salir a dar un paseo, y nadie te lo reprochará.
La libertad y la trampa de ser tu propio jefe
Por desgracia, para la mayoría de la gente, esta libertad acaba siendo la clave del fracaso: es más fácil cumplir un compromiso cuando tienes a alguien gritándote o amenazándote con una sanción que cuando solo te rindes cuentas a ti mismo. En este último caso, es extremadamente fácil holgazanear, poniendo excusas de que no podrías seguir el ritmo si estuvieras trabajando para otra persona.
Autodisciplina frente a presión externa
No hace falta ser un genio para darse cuenta de que toda la estructura social y profesional está diseñada para obligarte a cumplir tus compromisos. ¿Cuántos de nosotros habríamos alcanzado el mismo nivel de formación si hubiéramos estudiado por nuestra cuenta? ¿Cuántos de nosotros seríamos capaces de seguir un programa de entrenamiento deportivo sin un entrenador que nos empujara? Etc. La capacidad de comprometerse con uno mismo y cumplir ese compromiso es la clave del éxito de cualquier emprendedor, mucho más importante que la formación académica o profesional, el apoyo que recibes, el capital inicial del que dispones, etc.
¿Te contratarías a ti mismo?
Y dado que la revista *Idei de Afaceri* la leen emprendedores actuales y futuros, me gustaría proponerte un pequeño ejercicio para ver si realmente tienes lo que hay que tener:
Piensa en el puesto que ocupas actualmente; quizá seas comercial, directivo o emprendedor; no importa. Imagina que necesitas encontrar a alguien que te sustituya durante un tiempo: ¿qué cualidades debería tener esa persona? ¿Cómo debería actuar? ¿Qué formación necesitaría? ¿Qué tipo de persona debería ser? ¿Qué debería hacer exactamente? Piensa seriamente en estas cosas, tal y como lo harías al prepararte para una entrevista de trabajo. A continuación, pasa a la pregunta clave: ¿te contratarías a ti mismo? ¿Crees que reúnes todas las cualidades que buscas? Y si se tratara de un negocio, ¿invertirías en algo que tú mismo gestionas?
Si se hace con seriedad, este análisis puede resultar extremadamente valioso para nuestro futuro. Si logramos ser objetivos y mirarnos a nosotros mismos como si fuéramos otra persona, podríamos descubrir debilidades o fortalezas que nunca antes habíamos considerado.
La entrevista más importante que jamás tendrás
Aquí tienes algunas preguntas que pueden ayudarte durante esta entrevista de trabajo:
¿Qué experiencia tienes, tanto en lo que ha sido un éxito como en los fracasos? Recuerda, no tienes que convencer a un desconocido, sino a ti mismo. Si mientes, solo te estás engañando a ti mismo.
Describe tu última semana de trabajo con detalle. ¿Cómo empleaste tu tiempo? ¿Qué decisiones tomaste? ¿Cómo interactuaste con tus compañeros? ¿Qué acciones fueron realmente provechosas? Si vieras a otra persona actuar así, ¿la contratarías?
¿Cuáles son los principales retos a los que te enfrentas? ¿La situación del mercado? ¿El liderazgo de la empresa? ¿La burocracia? ¿Los clientes? ¿Los empleados? ¿La falta de organización? ¿Cuántos de estos retos dependen exclusivamente de ti? Si otra persona te dijera lo mismo, ¿te parecería convincente?
¿Cómo te ven los demás? ¿Qué piensa tu jefe de ti? ¿Y tus clientes? ¿Y tus compañeros? Es muy difícil ser objetivo con esta pregunta, y sería interesante que pudieras verificar la respuesta: es increíble lo grande que es la diferencia entre cómo creemos que nos ven y cómo nos ven realmente. Aquí va una pista: si vieras a alguien comportándose exactamente como tú, ¿qué pensarías?
Si un pez dorado te concediera tres deseos de cualquier tipo, ¿qué harías? Puede que las cosas que quieres cambiar dependan únicamente de pequeñas decisiones. Y si los cambios te conciernen a ti como persona, quizá te des cuenta de que solo tú puedes llevarlos a cabo.
Si tuvieras que dar algún consejo a la persona que te sustituye, ¿cuáles serían los puntos más importantes? Cada uno de nosotros resulta ser un gran experto en todo cuando se trata de aconsejar a otra persona (y es muy interesante que normalmente tengamos razón). Entonces, ¿por qué no usar este talento para resolver problemas y encontrar mejores formas de actuar, soluciones…
Descubrir la verdad antes que los demás
El objetivo de este análisis es desmontar los mecanismos de defensa que utilizamos para proteger nuestra autoestima. Aunque descubramos algunas verdades dolorosas, estas pueden ser la clave para mejorar nuestro rendimiento personal. ¡Y es mucho mejor que seamos nosotros quienes hagamos esos descubrimientos, antes de que lo haga otra persona!
¡Manos a la obra!
por Bruno


